La idea central del libro es sencilla. Weinberger identifica tres órdenes de orden (o tres niveles de orden). El primero, es un orden físico: libros ubicados en una estantería. El segundo, también físico, es el metadato: el catálogo de libros de una biblioteca, que ordena de una manera determinada todos los libros que están en esa biblioteca. Estos primeros dos niveles de orden están limitados por el mundo físico al que pertenecen: el libro sólo puede estar en una estantería al mismo tiempo; en la tarjeta del catálogo sólo cabe una determinada cantidad de información sobre ese libro. En estos dos órdenes no es posible ni la ubicuidad de la información ni ésta puede ser infinita. Es el mundo de los átomos, y los átomos ocupan espacio, y debemos escoger. Es la decisión del editor de la Enciclopedia Británica sobre qué tópico debe entrar en la Enciclopedia y cuánto espacio se le debe dar: todo debe caber en 75 mil artículos en un solo idioma.
Sin embargo, el tercer nivel es diferente. Es el orden del mundo digital, o más bien, el desorden del mundo digital, para usar la expresión de Weinberger. Es un orden en el cual cada persona puede ordenar todo el conocimiento de la humanidad (o esa porción que es de su interés) a su gusto. Es la revolución de los tags, las etiquetas, las folksonomías, frente a los intentos de
Dewey,
Linneo,
Mendeleyev o
Adler de ordenar el conocimiento de la humanidad en una estructura lógica. Un mismo retazo de información puede estar conectado a múltiples ramas del conocimiento: todo puede estar a uno o dos clics de distancia. El tercer orden es, además, un orden libre de las restricciones de los dos primeros órdenes: es un mundo de bits. Es el mundo de la Wikipedia en permanente expansión: más de 6,5 millones de artículos en más 200 idiomas.
Weinberger realiza algunas reflexiones que desarman los principios sobre los cuales la humanidad ha organizado su comprensión del mundo durante milenios, esfuerzos todos que han encerrado la realidad en sistemas de conocimiento predeterminados, reduciendo la diversidad a su más mínima expresión. Pero detrás de cada intento de capturar el mundo en una clasificación están, en realidad, las historias, culturas, tiempos y visiones de mundo de quienes crean esas categorías. Es Melvil Dewey creando un
sistema de clasificación del conocimiento en diez categorías, subdivididas a su vez en diez categorías cada una y así sucesivamente. Pero su vida de pueblo norteamericano del siglo XIX encierra al budismo, por ejemplo, como una subcategoría de “Religiones de Origen Índico”. Le era una religión lejana y a su juicio ocupaba, por tanto, un espacio menor en el saber de los hombres.
En el tercer nivel de orden, la diversidad del mundo (y de su conocimiento) emergen de manera radical, haciendo del desorden una virtud, permitiéndonos ver la complejidad de la realidad. El ejemplo que pone Weinberger es elocuente: en mayo de 2006, George Bush realiza un discurso de 2.537 palabras sobre la inmigración ilegal, siguiendo el consejo de sus asesores de plasmar de manera simple su idea en este tema. Pocas horas después, más de 2.400 blogs ya habían comentado el discurso desde los más diversos puntos de vista: casi una entrada de blog por palabra, revelando toda la complejidad de un discurso “simple”.
Weinberger transmite optimismo en las posibilidades que el tercer orden entrega a las personas para acceder a la información y el conocimiento de manera abierta, colaborativa y centrada en sus necesidades. Su incisiva mirada lleva el análisis de la web social varios pasos más allá de las ya recurrentes reflexiones sobre cómo las personas están formando, integrándose y/o potenciado sus redes sociales a través de la tecnología.
Sin embargo, su reflexión tiene, a mi juicio, dos flancos abiertos.
El primer flanco ya fue develado por Chris Shioyama en su sitio gyaku.jp. Weinberger no se hace cargo del lenguaje como vehículo de transmisión del conocimiento y cómo todavía el lenguaje es una barrera entre los 6 mil millones de habitantes de este planeta. En el tercer orden de órdenes, el mundo digital no ha logrado superar estas fronteras y, por lo tanto, el aprovechamiento de ese conocimiento colaborativo (“social knowing”) sigue limitado por la diversidad de lenguas.
El segundo flanco quizá sea la mayor contradicción de la argumentación de Weinberger. La crítica que hace a la construcción de mundo que realiza Dewey al clasificar el conocimiento desde su mirada de pueblo norteamericano del siglo XIX, le es completamente aplicable. Él escribe pensando en un sujeto hiperconectado, que accede con ciertas capacidades tecnológicas a la Red, con un conjunto de competencias específicas desarrolladas. Ese es el sujeto que se aprovecha del “poder del desorden digital”. En los países desarrollados, grupos importantes de la población se encuentran en esa posición. Quizá en las elites de casi todas las naciones del mundo (o buena parte de ellas) sea posible encontrar personas instaladas en el tercer orden de órdenes. Pero en Chile la inmensa mayoría sigue restringida en su acceso al conocimiento por las limitaciones de los dos primeros niveles de orden.
Estos flancos no le restan contundencia a la reflexión, pero si obligan a reconocer que Weinberger escribe como un liberal de la costa este de Estados Unidos, que ve el mundo desde un centro de estudios de Harvard. Sin duda, encontrar personas con perfiles similares al suyo alrededor del mundo es más fácil hoy de lo que era encontrar otros “Dewey” fuera de su pueblo en el mundo de 1870. Pero el inexorable “yo y mi circunstancia” orteguiano está presente.