23 de agosto de 2011

Monitoreo de medios sociales: ¿cuál es el estándar democrático?


Hasta hace unos años, el espacio en el cual se formaba la opinión pública sobre política era un territorio de acceso restringido. La ciudadanía interesada en participar en forma activa en su construcción (incluyendo los militantes de los partidos), enfrentaba una seria escasez de espacios. Salvo que se detentara alguna posición de poder o autoridad, acceder a tribunas con resonancia estaba vedado para la inmensa mayoría de nosotros. Las secciones de cartas al director de la prensa escrita eran de los pocos espacios abiertos. Una apertura filtrada, por decirlo de alguna manera, por un editor que decidía que opinión era relevante y cuál no. El potencial ámbito de influencia de “los de a pie” estaba limitado al entorno cotidiano (familia, amistades, relaciones laborales, etc.), en el que a través de la conversación informal podíamos influir en la formación de la “opinión de la base social”. Con todo, la “agenda” de este entorno estaba muy mediatizada por la “otra agenda”, la de quienes podían hacerse escuchar desde los medios de comunicación de masas.

En alto grado, esta situación no ha variado, pero desde el surgimiento de los medios sociales en Internet, los procesos de formación de la opinión pública han empezado a ser más permeables a las voces de aquellos actores que desde tribunas propias autogestionadas han logrado constituirse en referentes de opinión política, ya sea por formación, experiencia, por ejercer liderazgos en sectores antes invisibles o invisibilizados por el poder, o por una combinación de estos factores. El "negocio" de la influencia, previamente controlado en forma vertical, está tendiendo hacia la fragmentación, multiplicándose en las redes las fuentes de información y miradas para un mismo tema. Recae cada vez más en el ciudadano la responsabilidad de buscar, filtrar e interpretar la información, para formarse un juicio propio y desde él participar en la conversación pública.

Está aún por verse si los medios sociales contribuyen a la construcción de sociedades más abiertas y plurales, pero lo que ya parece evidente es que han cambiado los términos de la relación entre los ciudadanos y el poder, en especial el político y –más particularmente aún- el Estado. Las barreras para ser escuchado y participar se han reducido significativamente, pero con ello también han surgido interrogantes sobre la nueva relación que se da entre el Estado y el ciudadano a través de estos medios sociales.

En una reciente columna analizando una reacción del gobierno británico ante los disturbios en Londres, Evgeny Morozov planteaba una pregunta especialmente interesante: ¿cuál es el estándar que consideramos aceptable en las sociedades democráticas respecto del monitoreo de los estados sobre lo que en las redes decimos y hacemos? Morozov llega a esta interrogante al reflexionar sobre un anuncio de David Cameron, quien sugirió la posibilidad de bloquear o intervenir las redes con el fin de cortar la comunicación entre los manifestantes que las utilizan para coordinarse. La respuesta que las democracias den a esta pregunta reviste una importancia que trasciende sus fronteras, ya que si la decisión es avanzar hacia una mayor intervención de estos espacios, se abre la puerta para que gobiernos autoritarios o dictatoriales legitimen prácticas que ya realizan y que vulneran los derechos ciudadanos, concluye Morozov. De paso, se materializaría lo que en otra columna Rebeca MacKinnon describió como la mayor amenaza para la democracia en la era de Internet: los abusos de poder potenciales a través de las redes sociales.

El gobierno chileno anunció hace poco el término del monitoreo de redes que había iniciado unos meses antes. Este seguimiento de la opinión pública en las redes sobre ciertos temas y sobre la valoración del Presidente y su gabinete, que en principio me parece algo sensato, generó una polémica que llevó a la presentación de consultas ante el Tribunal Constitucional y la Contraloría, con el fin de determinar su legalidad. Más allá de los problemas de la estrategia comunicacional usada por el gobierno para defender la medida (¿la hubo o solo se reaccionó ante una situación que no estaba planificada?), así como el hecho que efectivamente el contrato contenía cláusulas que vulneraban la Ley de Protección de Datos Personales, me llamó la atención que se abordara muy tangencialmente la que es a mi juicio la principal interrogante: ¿son los medios sociales un espacio donde se construye y moldea la opinión pública sobre los temas de interés nacional?

Mi respuesta afirma el potencial intrínseco de los medios sociales para construir una esfera pública más plural, y en tal sentido, colaborar en la profundización de la democracia. No ignoro la necesaria existencia de un conjunto de recursos (principalmente acceso a tecnología), competencias (digitales, informacionales, cívicas) y derechos (partiendo por la libre expresión) para que ese potencial se pueda materializar. Sin embargo, en la discusión generada por la medida del gobierno, no faltaron quienes negaron ese potencial.

Entre otros argumentos, se indicó que el gobierno podía lograr la misma información a través de encuestas o con análisis de prensa, desconociendo la naturaleza desintermediada y la rapidez de reacción de los medios sociales, dos ventajas que al combinarse permiten entenderlos como un termómetro en tiempo real de las tendencias de opinión, función que ni las encuestas ni la prensa logran cumplir.

Por otro lado, mayoritariamente se afirmó que el Estado no podía monitorear a quienes compartían opiniones de interés político en la Red, ya que esa es información personal que nuestra legislación impide sea sistematizada y analizada en bases de datos. Sin duda, el marco legal actual así lo indica, pero cabe preguntarse si ese marco se adapta adecuadamente a las lógicas de construcción de opinión en los medios sociales.

Una de las motivaciones básicas de quienes compartimos en los medios sociales nuestros juicios de interés político es ser escuchados, no solo por otros ciudadanos, sino por aquellos que participan en los procesos de toma de decisión. En última instancia, ese ha sido siempre el sentido de emitir juicios de valor político: influir. Pero, además, a diferencia de lo que ocurre en la plaza pública –que suele ser el símil con el que se compara a los medios sociales- hay un acto deliberado, más o menos consciente, de emitir esos juicios con publicidad. Queremos que quienes nos lean sepan que los juicios los emitimos nosotros, y no otras personas. No solo eso: esperamos que esas otras personas los encuentren acertados y los compartan en sus propias redes, idealmente atribuyéndonos la autoría. Reclamar porque el Estado empieza a escucharnos y –eventualmente- considerar nuestras opiniones en los procesos de toma de decisión, va en sentido opuesto.

¿Limitar el seguimiento que el Estado realiza de juicios políticos en los medios sociales no es una forma de anular su potencial democratizador en la construcción de la opinión pública? ¿No será necesario revisar nuestra noción de privacidad, entendiendo que para influir en la opinión pública debemos exponernos más? Pareciera que en la base del reclamo hay un sustrato contradictorio: escúchenme, presten atención a lo que digo, pero no me sigan, no me monitoreen. Un sustrato con algo de irresponsabilidad: quiero emitir juicios de la manera más libre, sin asumir ninguna responsabilidad por su contenido.

Retomando a Morozov, ¿cuál sería entonces el estándar que nuestra democracia en Chile considera válido en el seguimiento de las opiniones políticas en los medios sociales? Su respuesta bien vale una discusión sin prejuicios porque, entre otras cosas, está en juego la capacidad que los medios sociales tienen para romper con la falta de pluralismo que la concentración de la propiedad ha provocado en nuestros medios masivos de comunicación. Algo que critican, por cierto, muchos de los que quieren anular esa función de los medios sociales. 

23 de junio de 2011

¡Envidiosos del mundo, uníos!


Dos citas de la columna "La igualdad y la envidia" de Axel Kaiser, publicada en el Diario Financiero el viernes pasado. Provecho.
"En el Chile actual, la envidia ha dado lugar a un debate completamente distorsionado cuyas consecuencias serán fatales para nuestra prosperidad. Se dice que tenemos un problema de desigualdad escandalosa y que la solución es más intervención del Estado a través de impuestos y políticas redistributivas".
"Esto es lo que plantean los redistribuidores en Chile, quienes, azuzando la envidia entre las masas para ganar popularidad, dedican sus energías a ver cómo hacer para que algunos no tengan mucho más que otros en lugar de ocuparse por mejorar la situación de todos. Lamentable".

22 de junio de 2011

Redes sociales: ¿La ciudadanía dialoga y el gobierno escucha?


Comparto una columna que me invitaron a escribir para el diario La Tercera y que fue publicada en su edición impresa de hoy con el título "Redes sociales: la ciudadanía dialoga". Creo que es oportunidad muy interesante para abrir un debate serio y fundamentado sobre la relación que existe en Chile entre medios sociales, ciudadanía y política.

Ocho millones de cuentas Facebook y aproximadamente un millón en Twitter nos ubican como uno de los países de América Latina con mayor arraigo de la Web social. Usamos estos medios de expresión para –independiente de nuestra ubicación en la sociedad- participar, entre otras cosas, en la formación de la opinión pública sobre lo que ocurre en Chile. Los medios sociales contribuyen –potencialmente- al fortalecimiento de nuestra democracia: nos permiten a todos participar de una conversación  que solía estar limitada a quienes detentan poder.

En el Chile de 2011, que el gobierno tome la decisión de monitorear la conversación ciudadana en estas plataformas es algo sensato.  Es su responsabilidad escucharla y hacerlo en todos aquellos espacios en los cuales se manifiesta masivamente.  Conocer sus demandas actuales y sus expectativas sobre el futuro, están en la base de las políticas públicas y la conducción exitosa del país. Ignorar las redes sociales y seguir usando encuestas o análisis de prensa, como se ha sugerido en el artificial debate provocado por esta medida, es no entender uno de los principales cambios que está ocurriendo: la desintermediación en la relación de las personas con el poder.

Se terminó la política de masas, en la que los partidos políticos y liderazgos construidos en torno a la disciplina vertical, decidían por millones y rendían cuentas de manera parcial en las urnas con cierta periodicidad, sin que los electores tuviéramos más opción que marcar o no una preferencia en la papeleta. Ahora todos esperamos que el Presidente o un político de oposición nos respondan a la interpelación que le hacemos por Twitter. Buscamos que a cada hora rindan cuenta de sus actos, especialmente de las promesas no cumplidas y de los errores cometidos. Porque a través de las redes, muchos de nosotros dialogamos directamente con el poder (o tenemos la ilusión de hacerlo).

Que el gobierno decida mirar esa conversación es un reconocimiento explícito al valor político de las redes y la opinión ciudadana que en ellas habita. El gobierno ya no podrá hacerse el sordo. Eso es una ganancia absoluta para la calidad de nuestro régimen democrático. 

Quienes critican la medida argumentan que su derecho a la privacidad se ve vulnerando, ignorando la naturaleza pública de la mayoría de las acciones que realizamos en estas plataformas y desconociendo que éstas (propiedad de empresas privadas) tienen condiciones de servicio (que aceptamos casi siempre sin leer al abrir una cuenta) que nos restan derechos sobre los contenidos que en ellas publicamos. Cosas que en el mundo presencial nos parecerían ilógicas e incluso peligrosas, las hacemos sin ningún tipo de filtro en las redes.

Erróneamente, se compara Internet con lugares públicos. La comparación debiera ser con espacios privados de acceso y uso público. Buena parte de la infraestructura sobre la que se sustenta y la inmensa mayoría de las aplicaciones y programas que usamos todos los días son privadas, aunque no paguemos por ellas. Dada la legítima preocupación ciudadana sobre lo que el gobierno hará con la información, pudiera ser esta una oportunidad para abrir una debate en Chile sobre cómo salvaguardamos nuestro derecho a usar estos espacios privados para fines públicos. Entre ellos, ser protagonistas de la profundización de nuestra democracia desde nuestro irrenunciable derecho a la libre expresión.

30 de mayo de 2011

El día que Chile fue descubierto por ley

Da lo mismo la controversia que rodeó la conmemoración del V Centenario en 1992. Dan lo mismo décadas de debate sobre si lo que ocurrió fue descubrimiento, encuentro o encontronazo. Dan lo mismo las luchas llevadas adelante por los pueblos indígenas de América para que les sean reconocidas sus historias, culturas y derechos políticos. Da absolutamente lo mismo el desarrollo de una visión integradora en las ciencias sociales, una mirada que parte del respeto al otro y la reparación del daño causado.

Al final del día, cuando se trata de fijar definiciones que se imprimen en libros de texto y se aprenden de memoria en nuestros colegios, en la mente de nuestros legisladores parece fundamental ordenar por ley nuestra cronología y, de paso, seguir haciendo creer que la historia que vale es la historia de Occidente, aunque en ella juguemos el rol de parias.

Así parece entenderse del proyecto de ley Boletín N° 7646-24 que diez diputados ingresaron al Congreso el 12 de mayo pasado, y que señala:
Artículo Único.- Establécese el día 21 de octubre de cada año como 'Día del Descubrimiento de Chile', debiendo programarse para este efecto, en los establecimientos educacionales del país, clases alusivas sobre el descubrimiento del Estrecho de Magallanes como así también relativas a los pueblos originarios que originalmente habitaban en el extremo sur del país.

24 de abril de 2011

Las dos mentiras de la publicidad

Entrada publicada el jueves 21 de abril en elquintopoder.cl

La publicidad juega con el engaño. Eso lo sabemos todos. Te vende mundos ideales. Te hace creer que por tomar una bebida, o usar un perfume, o conducir un vehículo, o ponerte unas zapatillas de cierta marca, tu vida cambiará, serás otra persona, más feliz, realizada. Tú te comes el helado y, de paso, te comes el mundo.

Sí, toda una mentira. Que aceptamos, porque sabemos que nos están mintiendo pero que –aparentemente- no le hace mal a nadie y porque el mundo –sabemos también- no se cambia a golpes de tarjetas de crédito y consumismo. Pero la aceptamos. Finalmente, a todos –o casi todos- nos gustan las burbujas de esa bebida, la esencia de ese perfume, la falsa libertad que nos da ese vehículo y lo atlético que nos hacen ver esas zapatillas. Es el juego. Y lo jugamos.

No. No quiero caer en discursos antisistémicos, ni acusar a la publicidad de todos los males de la tierra, ni levantar argumentos desde la moral. No. Me gusta la buena publicidad e incluso cuando sé que normalmente me están mintiendo, disfruto la creatividad de un mensaje comercial original, sorprendente, cautivador.

El problema lo tengo cuando la publicidad pretende, además de mentirme, presentar como  modelo situaciones que son expresión de la violencia de una sociedad profundamente desigual, santificando patrones de conducta que son éticamente reprobables. Esa publicidad que recurre a discursos emocionales para desarmar nuestra mirada crítica sobre la realidad.

Lo sé. La publicidad no quiere salvar el mundo, aunque a veces mentirosamente lo afirme. Pero cuando un banco te ofrece un crédito de consumo para pagar por la educación de tu hija de cuatro años, en un país donde la calidad de la educación –incluso de la mayor parte de los colegios particulares- está profundamente cuestionada y los niveles de desigualdad son una aberración, donde el derecho a la educación se transa –siempre a la baja- en el mercado, la publicidad parece sobrepasar esa tenue línea que separa la mentira que todos sabemos que es mentira y la otra mentira, esa que algunos –unos pocos- quieren que creamos que es verdad.

14 de marzo de 2011

Ideas para una política nacional de lectura en Chile

A mediados del año pasado, cuando comenzaba la discusión respecto del proyecto de posnatal que el gobierno prepararía para dar cuenta de la promesa de campaña, Dante Contreras publicó una excelente columna en la que de manera acertada explicaba uno de los problemas que hasta hoy –ya con el proyecto firmado por el Presidente y a días de ser enviado al Congreso- ha dominado la discusión: ¿es un proyecto orientado a los niños y los derechos de los recién nacidos, o un proyecto orientado a las mujeres y su empleabilidad en el mercado laboral?

Señalaba Contreras:
“La recomendación básica en el diseño de una política pública es mantener la relación un objetivo-un instrumento. Esto quiere decir que no es eficiente ni recomendable utilizar (o pretender hacerlo) un instrumento para objetivos múltiples. Generalmente, la consecuencia de aquello son resultados no esperados, ineficiencia e inestabilidad de las políticas a través del tiempo”.
Con la promoción de la lectura y el libro en Chile ocurre lo mismo.

Durante los últimos veinte años, las políticas de Estado en esta materia han atado tres objetivos distintos: primero, promover el desarrollo de la industria editorial en Chile; segundo, apoyar la creación literaria nacional; y, tercero, hacer del nuestro un país lector. Sin duda, hasta no hace mucho, esta ligazón –en especial la unión entre el desarrollo editorial y el aumento de los índices de lectura- era razonable, toda vez que el libro era el soporte casi exclusivo en el cual se podía desarrollar la lectura. 

En 1993 se dictó la Ley 19.227, que creó el Fondo Nacional de Fomento del Libro y la Lectura, administrado por un Consejo, que primero funcionó en el Ministerio de Educación y desde el año 2003 pasó a integrar el Consejo Nacional de las Cultura y las Artes. Este Fondo ha sido desde entonces una pieza fundamental en el desarrollo del libro y la lectura en Chile, colaborando –junto a otras iniciativas e instituciones- para que los índices de lectura entre principios de la década de 1990 y finales de la década pasada se doblaran.

Todo apunta a que el desafío de aumentar los niveles de lectura en nuestro país requiere de una nueva mirada que permita retomar el ritmo, una mirada que debe separar el fomento de la lectura del fomento de la industria editorial, en general, y del libro impreso, en particular.

De un tiempo a esta parte, la aparición de nuevos soportes de lectura -que en muchos casos están dando pie a prácticas lectoras alejadas del libro- así como el resurgimiento de prácticas de lectura asociadas a su dimensión colectiva, han hecho que las rutas del libro y la lectura hayan tendido a no seguir la misma huella. Sin embargo, seguimos teniendo una ley que define al libro como un objeto impreso y cuando se refiere –en su Título II- al fomento del libro y la lectura, habla de ISBN, aranceles aduaneros y reducciones tributarias, pero no dedica ni una sola línea sobre cómo hacer que los chilenos desarrollemos el gusto por la lectura.

¿Qué debe buscar una política nacional de la lectura? Esta es la pregunta esencial y su respuesta -hacer de Chile un país más lector- ayuda a despejar que elementos debe contener en su diseño y cuáles solo introducen ruidos que al final pudieran ir incluso en contra de ese objetivo. 

Existe consenso en que el gusto por la lectura (me niego a usar la palabra hábito) libra sus batallas clave en los primeros años de las personas, entre la educación preescolar y los inicios de la educación primaria. Al mismo tiempo, ese gusto –como ocurre en casi todo lo relativo a la educación- se ve potenciado o disminuido según el entorno en el que vive el niño. Todas las mediciones indican que a mayor capital cultural en ese entorno, mayor posibilidad de que el niño desarrolle el gusto por leer.

Fundamental parece, entonces, que cualquier política pública de fomento de la lectura deshaga su maridaje con el libro y se centre en la construcción de un ecosistema de espacios y prácticas que asegure que cualquier persona pueda en Chile acceder a lecturas significativas. Para ello, potenciar el rol de la lectura recreativa en la educación; maximizar el aporte de la muy bien equipada red de bibliotecas escolares; multiplicar los espacios de encuentro con la lectura en la cotidianidad de las personas; entender, integrar y promover las nuevas prácticas lectoras; formar una red de intermediadores de la lectura; y consolidar –mediante una ley propia- el sistema de bibliotecas públicas, son algunos de los elementos que una política nacional de lectura debiera contener. El resto es harina de otro costal, o mejor dicho, libro de otra estantería.

24 de febrero de 2011

¿Por qué en Chile los libros de texto no son digitales?

Chile. Febrero. Como muchos padres en estas fechas, ayer fui a comprar los libros de texto para el nuevo año escolar de mi hijo mayor. Poco más de $ 125.000 (aproximadamente US$ 260) en seis libros, a los que hay que agregar un diccionario castellano-inglés más una novela en inglés, unos $ 15.000 (US$ 30).

Casi US$ 300 gastados en pocos minutos en unos materiales impresos que al final del año quedarán obsoletos, ya sea porque mi hijo habrá realizado los ejercicios en ellos o habrá recortado sus hojas siguiendo las instrucciones de las actividades. Y si ninguna de estas dos situaciones ocurre, en 2 años más una renovación de contenidos dictada desde el Ministerio de Educación los hará inservibles. 

En resumen, cuando mi hijo menor (tres niveles más abajo que el primogénito) llegue al mismo curso, deberé gastar una cifra similar por unos libros que, en lo sustancial, serán similares a los que adquirí hoy.

Esta historia no es original. Yo recién la vivo hace unos pocos años, pero es un relato que se viene repitiendo por décadas, pero que hoy más que nunca huele a estafa. ¿Por qué? Porque hoy debí gastar en materiales con fecha de caducidad una cifra similar a la que cuestan algunas de las tabletas o dispositivos de lectura electrónica más baratos del mercado.

Pensemos un poco (por cierto, tampoco es muy original lo que escribiré): ¿Por qué los libros de texto en Chile no son digitales y que cada alumno pueda leerlos desde una tableta o un e-reader?

El Estado gasta todos los años enormes sumas en comprar libros impresos para entregárselos a los alumnos que no están en condiciones de adquirirlos. Muchas familias que tienen el poder adquisitivo para hacerlo, compran esos libros por su cuenta. Apuesto a que el costo para el Estado de entregarle a cada estudiante un dispositivo con los libros electrónicos cargados debiera ser aproximadamente el mismo. Mientras, aquellos provenientes de familias que hoy compran directamente los libros (que es mi caso), comprarían esos dispositivos por su cuenta.

Realizada la inversión el primer año, al segundo –cuando sólo habría que comprar los libros digitales y no los dispositivos de lectura- el costo sería significativamente inferior, en comparación con la compra en formato impreso. Asumo en este análisis, como demuestra la experiencia, que el precio de un libro digital es inferior al impreso, al desaparecer los costos de distribución y venta a través de librerías y otros puntos presenciales.

Algunas ventajas de este modelo:

- Fomentaría la adaptación del sector editorial presente en el país al nuevo entorno digital, que más allá de visiones románticas, es donde se juegan su subsistencia futura. Primero, respondiendo a la demanda impulsada desde el Estado de libros de texto digitales y, posteriormente, pudiendo dar respuesta a una esperable demanda de otros tipos de libros digitales que los escolares (y por extensión sus familias) quisieran adquirir para ocupar los tiempos ociosos de los dispositivos.
- Dotaría rápida y masivamente a toda una generación de escolares (independiente de su nivel socioeconómico) de dispositivos que más allá de su función inicial (acceder a los libros de texto digitales) podrían darle un valor agregado al proceso de aprendizaje con pequeñas inversiones adicionales que fomentaran el desarrollo de habilidades digitales .
- Acompañada de un acceso a Internet a un costo razonable, contribuiría a disminuir la brecha digital en Chile, en especial en su dimensión de acceso físico a dispositivos conectados a Internet (que es el primer peldaño, pero no el único, de toda política pública de inclusión digital). Las posibilidades de servicios en línea que tanto el Estado como privados podrían entregar de manera pareja a la inmensa mayoría del país (salvo en aquellas zonas que por su ubicación geográfica y nivel de aislamiento, aún no es posible pensar en Internet como servicio básico) son infinitas.

En este análisis general, la única desventaja que logro visualizar es el impacto en las librerías que hacen de la venta de libros de texto uno de sus principales ingresos del año. Convengamos, eso sí, que el ahorro global que las familias y el Estado lograrían debiera sobrepasar largamente ese impacto negativo, recursos que serían redestinados (en el presupuesto familiar y el presupuesto fiscal) a otros fines. El efecto en el conjunto de la economía, por tanto, no sería un menor gasto, sino una redistribución.

Este ejercicio peca de simple. Lo sé. No es mi intención ni tengo los conocimientos para hacer un diseño detallado y dimensionar los costos de este cambio. Pero en las líneas generales, creo es correcto. Es difícil sostener en la actualidad que el modelo tradicional, basado en el libro impreso, sea más económico y, más importante aún, garantice un mejor aprendizaje, que debiera ser el objetivo de largo plazo de cualquier opción en este ámbito.

Tampoco soy de los que cree que la sola presencia de tecnología en el aula mejora los rendimientos y tengo claro que un cambio de este tipo deberá ser acompañado de estrategias que efectivamente aseguren su adecuada implementación para explotar el potencial para alumnos y profesores en el proceso de aprendizaje.  Pero ya tenemos suficiente experiencia como país para dar este salto.

Sin embargo, las veces que he hablado con expertos o he escuchado a otros analizar este tema, la conclusión ha sido la misma: un conjunto de actores públicos y privados con una enorme resistencia al cambio, que no impulsan una modernización que tiene un conjunto de beneficios innegables para el país. 

¿Cuáles serán las razones de este rechazo? No las sé, pero como padre de familia al que le queda más de una década de gasto anual en libros de texto me encantaría conocerlas.

Actualización 25/02/2011. En atención al comentario de Hugo Martinez, comparto su entrada en elquintopoder.cl sobre los libros digitales. 

7 de febrero de 2011

¡Hasta la vista, Quora!

La historia es sencilla. A principios de enero, poco antes de salir de vacaciones, conocí y me registré en Quora, un servicio del que llevaba varios días leyendo comentarios en Twitter.

¿Qué es Quora? Traduciendo su propia definición, es una colección continuamente mejorada de preguntas y respuestas creada, editada y organizada por todos quienes la utilicen.


Como saben mis pocos pero fieles lectores, la curaduría colectiva de contenidos digitales es un tema que me interesa y que en alguna oportunidad he abordado en este blog (y es, además, una etiqueta que en mi Delicious ha ido creciendo en los últimos meses). Nada raro, entonces, que la invitación de Quora me haya atraído, lo que unido a algunos comentarios que leí de voces autorizadas en esto de las tendencias en la Web social, me hicieran dar el paso y probar el servicio después de conseguir una invitación.

En un premeditado ejercicio de redundancia en mi estreno en la plataforma, tras descubrir como compartir una pregunta, lancé la siguiente interrogante sabiendo que iba a “revolucionar” la conversación en Quora:
¿Cuáles son los criterios principales para que la curaduría colectiva de contenidos digitales sea eficiente?
Por curaduría digital me refiero al proceso de selección y recomendación de contenidos digitales que realizamos en Internet, preferentemente en redes sociales, a través de hipervínculos en entradas en blogs, sitios de marcadores sociales, etc.
Antes de escribirla, algo había leído sobre la molestia de algunos usuarios hispanoparlantes por preguntas escritas en castellano y que habían sido eliminadas. “Ah –pensé-, una política institucional en evolución que no me afectará, ya que es ilógico que prohíban el uso de la plataforma en una lengua aunque no esté adaptada a ella”. Experiencias previas como Facebook y Twitter me indicaban que aunque esas redes tardaron en traducir sus interfaces al castellano, nunca habían impedido su uso en nuestra lengua.

Activé mi cuenta el 13 de enero. Me llamó la atención haber partido con un grupo inicial de personas a las cuales yo seguía, sin haber hecho clic en botón alguno para que ello ocurriera. Pero, bueno, me pareció eso un detalle menor en contraste con lo que ocurrió el 14, cuando mi pregunta apareció con una etiqueta: “Needs to be written in English”. Pero ahí siguió la pregunta, sin ser eliminada, ni recibir –por cierto- respuesta alguna del creciente número de personas (muchas de ellas que no conozco) que empezaba a seguirme sin haber hecho yo ningún aporte más que proponer una pregunta.

El 15 me fui de vacaciones. Mientras vagaba por nuestras australes tierras, en mi bandeja de entrada siguieron llegando notificaciones de nuevos seguidores. Pero ninguna respuesta a la pregunta. Encandilado por nuestro sur, olvidé a aquellos molestos usuarios y aquella odiosa etiqueta.

Hasta hoy, cuando hace unos minutos me conecté a Quora y me encontré con esta notificación:


Revisé la bandeja de entrada de mi correo, pensando que había olvidado algún mensaje. Pero no. El 18 de enero, Quora eliminó de manera unilateral mi pregunta por no estar escrita en inglés y no me notificó de ello.

¿Es lícito que un servicio elimine contenidos creados por sus usuarios? Sí, toda vez que es una plataforma privada, cuyo acceso gratuito no debe confundirse como acceso público. De hecho, si me diera el tiempo de leer sus términos y condiciones, debiera encontrar las cláusulas que habilitan a Quora para proceder como lo hizo.

¿Es lógico que no me hayan notificado por correo?  Eso, pudiendo ampararse en las mismas claúsulas, ya no suena tan bien, por lo menos desde la perspectiva de la atención al cliente. Porque el hecho de no pagar por el servicio, no impide que me haya convertido en su cliente y como tal merezca cierta consideración básica. Posiblemente el volumen de preguntas eliminadas haya ido incrementándose, complicando la relación personalizada con sus usuarios. Pero eso, en tiempos de notificaciones automatizadas, parece irrisorio.

¿Es estratégicamente correcto que sean tan tajantes con el idioma? Pudiera ser. Quizás estén apuntando a tener una base de preguntas y respuestas de alta calidad, y en eso sólo estén en condiciones de cumplir la promesa de su slogan si esta ocurre en inglés. Pero más parece una limitada comprensión del mundo, especialmente de esa parte del mundo que hace posible que exista Quora. Esa es su gran paradoja.

La inteligencia colectiva en la Web se basa –ante todo- en el libre flujo de la información, la que al entrar en contacto con personas y colectivos de diversos lugares del mundo, con culturas y  lenguas distintas, provoca la creación de conocimiento desde esa amalgama. Esa es la gracia –y la gran diferencia con Quora- de proyectos como  Global Voices, que en vez de forzarnos a todos a entendernos en una sola lengua, hace accesible en múltiples idiomas contenidos creados por usuarios en sus propias lenguas en cualquier lugar del mundo. Quora es un registro monolingüístico (y quizá cultural); la inteligencia colectiva del mundo es multilingüe en esencia (y sin duda multicultural en su estructura).

No me pierdo. Quora es un emprendimiento privado y como tal, quienes lo administran son libres de definir las reglas del juego que deseen. Pero esas reglas me han dejado fuera pese a mi expresa intención de colaborar con la base de conocimiento que quieren levantar. Como alguna vez escuché, la utopía comercial del multilingüismo es muy distinta a la utopía cultural del multilingüismo.

Por esto, y mientras no se pueda escribir en castellano, ¡hasta la vista, Quora!

22 de enero de 2011

Las "plataformas de comprensión" del pueblo mapuche

Aprovechando mis vacaciones en el Sur de Chile, estoy leyendo Historia de un conflicto. El Estado y los mapuches en el siglo XX, de José Bengoa. Una obra altamente recomendable para comprender las raíces del conflicto abierto entre Chile y el pueblo mapuche, escrita desde la "mirada de 'un amigo de los mapuches' sobre los mapuches", como describe Bengoa en la presentación. Un relato que busca, permanentemente, el punto de equilibrio al narrar como la sociedad chilena -su Estado, para ser más exacto- ha sido en buena medida causante del conflicto por ignorancia, desidia y, en alto grado, una torcida voluntad al relacionarse con el pueblo mapuche.

Son varios los pasajes reveladores del libro, pero cuando se adentra en explicar cómo los mapuche se han relacionado con la política nacional, hay algunas reflexiones de singular claridad. Comparto un extracto, que pese a los más de diez años transcurridos desde que fue escrito, sigue plenamente vigente y que sin duda ayuda a entender que no es fácil etiquetar a un movimiento con categorías que le son ajenas:

Al leer la historia moderna de los mapuches, uno tiene la impresión que los indígenas chilenos han tratado de obtener sus objetivos de dignidad y desarrollo por todos los caminos posibles. Sobre todo, han tratado de hacerse entender. Han buscado "plataformas de comprensión" con la sociedad chilena. Han tratado de "traducir" sus aspiraciones en imágenes y lenguajes comprensibles para el resto de los chilenos. Cuando en las organizaciones populares de comienzos de siglo se utilizaba el concepto de "sociedades", ellos formaron sus propias "sociedades", la Sociedad Caupolicán, la Sociedad Galvarino y numerosas otras. Al hablarse en el país de "frentes", ellos formaron sus propios frentes, el Frente Único Araucano que hemos mencionado. Al hablar de "corporaciones de desarrollo", hicieron lo propio, creando la Corporación Araucana. Ha sido la necesidad de establecer una comunicación comprensible con la sociedad. Mostrar que existen puentes por los cuales se puede transitar. Ha sido, desde mi punto de vista, un esfuerzo extremadamente frustrante para los dirigentes indígenas. Ellos siempre han buscado a través de los métodos más diversos, de nombres cambiantes, la dignidad mínima para su gente, el respeto, la abolición de la discriminación. No lo han logrado. Han visto una sociedad cerrada, inflexible, racista, incapaz de escuchar sus palabras.
Se han encontrado, por lo general, con la sonrisa bobalicona de los políticos, que los miran con paternalismo y cara de simpáticos. Han visto una y otra vez que el candidato se pone el poncho de cacique, un poco incómodo, sintiéndose un poco ridículo, pero pensando en los votos, sonríe para la foto y hasta agarra una ramita de canelo y da unos pasos absurdos de baile alrededor del Rehue. La sociedad chilena y en especial la sociedad política no ha tomado en serio a los mapuches y sus intentos de "integración respetuosa".